La placita del no
por Miguel Briante I Página 12 - Contratapa - Agosto 1990

 

Esta es la simple historia de una escultura que nunca fue puesta en una placita, y de la placita, y de un barrio donde se tejen los mismos rencores ancestrales que narran las tragedias griegas.
Borges mismo hubiera podido volver a escribir “fue mi barrio, en Palermo” – porque en esa intrincada geografía de casas bajas y flamantes, nichos que se apilan hacia el cielo, en Palermo Viejo, es donde están pasando estas cosas – y también hubiera podido agregar unos versos acerca del ignoto general de la campaña al desierto que da nombre a la plaza, un tal Eduardo Racedo. Pero los jubilados que juegan al ajedrez y las madres que llevan a sus hijos a los juegos y las parejas que la visitan de noche la llaman simplemente la placita, como debe ser. Aunque un feroz general siga presidiendo su destino rabioso en su alma, tal vez, como la policía que dos por tres – como informó hace poco Página/12 – visita los boliches, los cafés concerts que se han instalado en el barrio, para objetar los pisos de madera y los decibeles de la música.
La escultura – aunque la palabra estatua siga siendo mejor , para esta historia de final en suspenso – formaba parte de un plan de urbanización de la zona, cuyo preciso conclave central está en Serrano y Honduras. El plan fue urdido por los arquitectos Hampton y Rivoida, en tiempos de la administración Alfonsín, y aceptado con entusiasmo por la Sociedad de Fomento de Palermo Viejo, que preside – no sin encontronazos – el arquitecto Eugenio Ramírez, alias Pedro, dueño del cuestionado bar El Taller, muy frecuentado en los últimos tiempos por los inspectores municipales. La placita iba a agrandarse y la escultura iba a ser tallada por Omar Estela. El hombre dibujó su obra, antes de atacar la piedra: una sola gran pieza en la que se fundía un banco de plaza y un hombre acostado, a la intemperie.
 “¿Un borracho? ¿Un vago? – se pregunta y se responde Estela – No sé. Tal vez la imagen de la libertad, o del desamparo.” En todo caso, en aquellos tiempos, no hace mucho, todo el proyecto, con la escultura incluida, fue premiado. “Pero – dice Estela - , como dice Heidegger, la obra desoculta el ente de las cosas. Y ese simple proyecto fue develando todo el tramado de la burocracia, de los prejuicios”.
El proyecto de reurbanización – con estatua incluída – fue expuesta en dos escuelas y en el bar El Taller; tuvo publicidad, los diarios lo dieron por hecho.
Lo celebraban ochocientas firmas recogidas en instituciones, en escuelas, en toda la parroquia. Pero apenas setenta y cinco firmas juntadas por un vecino que vive frente a la placita sirvieron para desatar el mecanismo de la censura.
En el proyecto se incluía un anfiteatro para la placita. Los vecinos disidentes profetizaron ruidos, disturbios; vieron como adivinos y custodios del porvenir, que en los escalones de ese anfiteatro, por la noche, una multitud de jóvenes agresivos, se darían con jeringas y acamparían ahí, y no se irían nunca. Como la prosa no les alcanzaba para describir ese Apocalipsis, signaron una protesta en la que se preguntaban, cultos, que diría Borges si viera que, entre otras cosas, se la había hecho una estatua a un atorrante desconocido. Drogadicción, drogadicción, gritaba ese panfletito barrial que, encajaba en el diente necesario, paro todo el engranaje de las reformas. “Esta gente – dice Omar Estela – tiene el concepto de que el espacio público es de todos y por lo tanto no es de nadie y por lo tanto no puede ser modificado”. Tienen, además, la cabeza un poco estrecha. Decían que hacer la escultura de un vago y ponerla en una plaza era fomentar el ejemplo.
Y no se crea que no es gente preparada, esa gente.
Anda, entre ellos, la actriz Julia von Grolman – la que siempre hace de paqueta, en la pantalla chica o grande -, flamante vecina venida de Barrio Parque, capaz de irse al programa de Neustadt y apoyar la campaña antianfiteatro, antiescultura, antitodo. En la imaginación verbal de la diva se cometían actos sexuales, había jovencitas dopadas en la vía pública.
Mientras tanto, con la piedra en su taller, Estela fue a contramano de la burocracia y terminó la escultura.
Ese hombre soñaba algo, en ese banco, y esperaba un destino. En la historia universal acechan las paradojas: el arquitecto Rivoida, uno de los autores del proyecto, es ahora director del Centro de Planificación Urbana de la municipalidad. Pero el poncho – la escultura, la ampliación de la placita en el doble de su superficie, el anfiteatro – no aparece.
Omar Estela había pensado tallar la escultura en público, en la placita. Tuvo que hacerlo en secreto. “Ansioso – dice – el artista” público y notorio fue, eso sí, el ruido de esos setenta y cinco vecinos – más bien nuevos en el barrio, donde hay familias menos pudientes que aman los espacios libres, los antiguos zaguanes, las murgas que la acción de la Sociedad de Fomento había resucitado, los boliches – que dieron el no a la placita.
Hace unos días Omar Estela reunió a un grupo de amigos en una sala del Centro Cultural Recoleta. Ahí, ritual, dolorido; como quien vivisecciona un cadáver, partió en pedazos la escultura del hombre dormido
(Hombre fraccionado).
Cerca en el patricio cementerio, sonreiría en su tumba el general Racedo, héroe de la campaña al desierto.
Esta es la muy simple historia del fascismo doméstico.

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