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hombre fraccionado 1990
piedra tuclamen , talla directa 
1.70 x 0.80 x 0.50m.

Quien lo hiciera, quien se atreviera a tocar las esculturas descubriría no sólo rugosidad y suavidad sino también temperatura. Las obras no tienen la misma temperatura.  Las hay cálidas. Las hay frías. Esa temperatura es también lo que indica que el Hombre de piedra no está muerto y que sí lo está el Cordero.  Con infinito cuidado, el visitante toca.   Mirando ahora con las manos, entiende que esas formas conocidas siempre resultan diferentes a las que se cree reconocer. Un hilo invisible pareciera unir esas obras a lo cotidiano. Pero ese hilo existe.  Como si en permanencia nos encontráramos ante un más acá y un más allá. En una eterna dicotomía entre lo conocido y lo desconocido, lo familiar y lo extraño, lo útil y lo inútil, lo estético y lo antiestético. Se podría decir que Omar Estela explora una estética de los límites. Sus esculturas parecen haber sido no talladas sino extraídas, arrancadas desde una zona fronteriza. Todas ellas nos remiten al umbral.  Es un hombre dormido. No se vislumbra habitación ni lecho. Tampoco sepulcro. El hombre no está muerto.  No yace. Ninguna tela o velo lo cubre. Es un hombre desnudo. No está a la altura. No está a la altura en que acostumbramos ver a los hombres muertos (ni dormidos).  Está a ras del suelo. Pero no ha caído. De haber caído, sus miembros indicarían la caída, piernas o brazos abiertos, torcidos. Simplemente, el hombre duerme. De costado. Una pierna doblada, cubierta por la otra, extendida. Un brazo aproximándose al rostro. En paz. Pero no hay rostro. Ni manos. Ni pies. No hay detalles. El hombre que duerme es un relieve que emerge de la piedra misma en la que parece haberse recostado. De una sola pieza fue el hombre que duerme. Textura ruda que no busca ocultar la materia, que no busca imitar nada que no sea la materia misma en que está hecho este hombre. Hombre organismo. Hombre orgánico, geometría y geografía. De una pieza sola. Hombre que fue una pieza sola y que la mano del escultorfraccionó. El hombre que duerme está partido.

Antonia García Castro