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De cuando en cuando una idea luminosa, pero, por desgracia, en general ilusoria. Cuando uno dice darse cuenta, creo que está diciendo que se es consciente de que entró en una cuenta, que podés dar el número. Si te diste cuenta de que pasaste la avenida o todavía falta, es que tenés consciente el hecho; darse cuenta te permite disponerlo, cuando pensás tal tema tuviste en cuenta tal hecho. Se me hizo evidente también que hay otro término parecido: lo notaste, supongo que es que pudiste tomar nota, musicalmente una nota es la diferencia audible entre notas, no hay duda de que si lo notaste lo tenés en cuenta.

           Ahora, darse cuenta es más complejo de lo que se presupone. Traspasar la barrera sin fisuras de los discursos. Cuántos se dieron cuenta de que estaba por caer el muro en Berlín o qué significaba Chernobyl. Hay una operación racional que nos obliga a rectificar los sentimientos. El discurso de la historia no autoriza a darse cuenta de qué significa el evento de la central japonesa. Si Chernobyl nos hizo entender el fin de la era soviética, de qué nos tenemos que enterar o darnos cuenta de qué está pasando con Japón. Hay demasiados elementos evidentes como para que no notemos que Japón está enfrentando

por segunda vez una fatalidad nuclear. Si estamos incapacitados para reflexionar es que no notamos algo o no percibimos que se está dificultando la posibilidad de análisis. Actuamos como adolescentes cuando no podemos juntar las partes, entender lo que sucede, saber qué es lo que nos está pasando. ¿No deberíamos movilizar la razón con todo su sentido ético?
           Si las cosas cambian muy de a poco, sabemos, es difícil notarlo. Hay cambios que a pesar de poco perceptibles son muy modificadores, aunque no lleguemos a conceptualizarlos. Implícitamente analizamos según el manual de instrucciones que ha puesto en nuestras manos el desembarco del capital financiero, que después de sus fracasos especulativos inmobiliarios enfocó a nuestro entorno, el de las artes visuales. Y hablo de aquí, donde no hay un mercado de arte, salvo que consideremos estos estertores como una actividad genuina. Una imagen: sobre la avenida 9 de Julio, delante de la Universidad de la Empresa, construyeron el Institut of arts. En que momento el arte se transformó en un hecho de estudio para lo empresarial; es curioso que los artistas, o, mejor dicho, los productores de objetos, hagan obra para que sea metabolizada por camadas de curadores, críticos, teóricos en ablande. Esa no es la función del arte. Cuál será entonces la función de estos nuevos modelos, a qué idea de sociedad estarán respondiendo.
           Tal vez por doloroso, tal vez por adolescencia, no queremos evidenciar ser perdedores, no queremos parecer maestros o caciques fracasados, y, como el que por no mostrarse ignorante no pregunta, por no aparecer como desubicados no nos ubicamos, tampoco asumimos el rol de artista periférico por temor a parecer nostálgicos. Así ignoramos la réplica del fenómeno económico mundial vigente que se percibe en las artes plásticas.

           Nostalgia –del griego nostos, que significa regreso, y Algos, que significa sufrimiento– es entonces el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La palabra cognoscible es un cultismo que viene del latín cognoscibilis (que puede conocerse) que nos da también la palabra ignorare y añorar. Relacionando estas etimologías, la nostalgia se nos muestra como sufrimiento ante lo que no se puede acceder, conocer, ante lo ignorado.

           Sintetizando, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia, ignorancia de porvenir, de lo que va a suceder, de cómo va a terminar, de que será de este tiempo.
           Me viene a la memoria un cuento de Jorge Luis Borges, el de la muerte de Eva Perón. Si bien lo leí hace mucho, recuerdo la sensación y el contenido del relato.
Brevemente, hablaba de la historia de un paisano medio indio que en un lugar aislado se entera de la muerte de Evita y decide realizar una ceremonia de duelo, una performance: pone una caja con una muñeca rubia y un par de velas, todo sobre la mesa y comienza su rito funerario. La gente que se entera, lo va a visitar y muchos le dan el pésame, lo consuelan; él lentamente va cumpliendo el rol de Perón. Sentí una semejanza significativa con el arte argentino, la distancia que no te permite sumarte, el deseo de actuar, la nostalgia. Noté que entre el indio y Perón había una distancia equivalente a la que existe entre la muñeca y Evita. Lo hermoso del cuento era cómo graficaba esa distancia y el paliativo de la solución. Las frases finales de Borges decían algo así como “Perón no era Perón y Eva no era Eva, sino desconocidos o anónimos que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”. Lo doloroso es cuando percibís el drama nacional. La pregunta obligada es: los artistas, ¿eligen ignorar lo que son y se transforman también en otra crasa mitología?
           Borges encontró su manera de sumarse al velorio, aunque le pese, siento, hizo como el indio.

 

 

Omar Estela