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Los pactos denegativos están en la base de todo vínculo. De allí que, en el mundo del arte, la traición cumpla varias funciones. Por un lado, el que se encuentra en esta actividad tiene que tener capacidad para ejecutar la traición, en la medida en que va construyendo y a su vez va cambiando y dejando de ser como era, se transforma y transforma su obra.
Esto para muchos significa un abandono, adopta la forma de una traición. Por otro lado, uno acepta pactos denegativos de distinto grado que se convierten en actos de renuncia, algunos de índole más individual y otros más sociales. Fijémonos en la historia del escultor Isamu Noguchi (1904-1988) que se interna “voluntariamente” en un campo de refugiados para ciudadanos estadounidenses de origen japonés en California en el momento en se arrojan las bombas atómicas sobre Japón. Más tarde, se convirtió en el representante escultórico de los Estados Unidos. Rectificamos nuestros sentimientos si creemos que son equivocados o si la historia los ha desautorizado.

           Cuesta decirle al rey que está desnudo, cuesta decirle al entorno que está levantando falso testimonio. Pero es del artista de quien se espera esa incómoda observación, esa lectura original, ese ir al fondo escudándose en la picardía, en la ironía, en el espacio que construye, porque en general se piensa que el artista es raro, no compromete, es un condimento que puede faltar. Pero otros grupos lo tienen en cuenta y esperan de él que traicione ese pacto de silencio, que desoculte la función.

           Los totalitarismos políticos de izquierda o de derecha, religiosos, de género o sociales construyen permanentemente estas representaciones de cómo deben ser las cosas, a qué tipo de ser humano debemos aspirar. Lo políticamente correcto imperante, ¿no es un pacto denegativo? ¿No borran las necesidades sociales y sus particularidades estos pactos tácitos de buen gusto, de lo que debe ser lo contemporáneo, lo que es inteligente?.

Estas imposiciones que nos llegan como la electricidad o el agua las recibimos como ideas únicas, junto con los Ipod, el agua mineral sin gas, las redes sociales, el amor por la rúcula y el odio a los lípidos. Nos llega también, y por suerte con sus grandes contradicciones, la necesidad de pensar en términos de globalización y la aceptación cada vez mayor de leyes discriminatorias. Uno no quiere asumir el costo de traicionar ese pacto social, ni reconocer que la sociedad en apogeo no se reproduce en términos demográficos, que impone pautas, que califica, riesgo país, riesgo artístico, que promueve plásticas visuales desvinculadas de la realidad. También se acepta la construcción de la idea de carisma en torno de este suicidio cultural para que nos parezca exitoso. Así, se piensa al artista como parte del mundo del espectáculo y a la obra en una subasta para lograr su significante financiero. ¿Por qué no podemos asumir que al aceptar tal ideario o imaginario estamos realizando un pacto de renuncia?.  Estamos aceptando un paquete encriptado, portador de trazas de memoria ignoradas pero convenientes. Intuimos que eso está bien visto por la cultura. Son pactos tácitos, de los que no se habla para no correr riesgos.

Se nos propone languidecer delgados en la oscuridad. Hacer proliferar lo no dicho en todo lo que se transmite. 

 

 


Omar Estela