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Nada es evidente en el arte mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia. Theodor Adorno
 

La reflexión se dio durante un período de tiempo en el que fui uniendo sin propósito diferentes observaciones. En Gibraltar, zona de excelencia en cuanto a interés militar, los radares para controlar el espacio aéreo se encontraban con la dificultad de que por la noche quedaban interferidos o realizaban erróneas lecturas por la migración de un pájaro, el aguilucho español.
Estudiaron el problema y así se descubrió que esta ave migraba nocturnamente, aunque carece de visión nocturna.
          Con el tiempo se me cruzó otra información, en este caso de origen biológico, que explicaba que cada célula de un organismo vivo actúa como un pequeño imán que tiene sus polos positivo y negativo. La suma de células, como si fueran baterías, aumenta la intensidad de esa energía. No pude dejar de relacionar esto con el invento de la brújula. Las primeras brújulas eran agujas imantadas flotando en agua o aceite que, al no tener casi roce, se podían mover atraídas, orientadas, por un imán mayor, la Tierra. Observé la semejanza que había con el aguilucho flotando en el aire. Imaginé que si el pájaro tiene el feroz deseo, más la capacidad de mover las alas con la misma intensidad −cosa que es imprescindible para volar con rumbo−, bien podría hacerlo nocturnamente sin necesidad de ver. Entonces se daría el fenómeno, casi mágico, de la fuerza magnética de la Tierra orientando ese cuerpo. En el pájaro, la capacidad de volar sería equivalente a lo que es la técnica o el oficio para el artista. Pero eso no es todo. Al oficio se le suman, armónicamente, una pasión dominante, la confianza en el destino y la fuerza de la Tierra. Lo atrayente es ver si este hallazgo nos sirve como hecho alusivo, logrando aunque más nos sea brevemente una espontánea suspensión de la duda, una correspondencia entre el cielo y la tierra.


Omar Estela