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Primero quisiera considerar un tema de tiempo y espacio: una persona paseando en un convertible en Los Angeles está jugando el juego pero si se lo ubica en Haití con el mismo auto, el juego se torna deplorable. Un chico humilde vestido con marcas falsas también está jugando y el negocio de La Salada no resulta tan lejano al juego de la galería o de la noche de los museos.
          Como en el truco, en Paquistán hay una lucha por quien es el “pie” de la partida.
Tal vez lo cruel sea que, aunque parezca obvio, el juego está diseñado y se lo practica de modo tal que pierda siempre el mismo jugador. Cuando se hace alguna observación que demuestra que alguien no está alineado con una idea determinada, se lo condena como poseedor de prejuicios ilegítimos. En realidad, el tema es identificar la banca y ver qué margen de juego propio se puede realizar antes de ser descubierto y se legisle en su contra.

           Lo curioso es que, lo que parece producto de una espontaneidad incontenida, responde a un diseño elaborado, por eso están bien vistas la actitud especulativa, los sonrientes engaños, no pensar políticamente y evitar lo setentoso. Hay aspectos desacreditantes en los que no se quiere caer. Pensarse próximo a la izquierda es más riesgoso que declararse de derecha. Lo mismo ocurre cuando se intentan relacionar las partes, algo juzgado como de mala intención: por ejemplo, se tiende a no pensar que la crisis financiera, basada en crisis de valores y resuelta de forma obscena, no tiene ligazón con las artes plásticas. Que estas formas que adopta el capital especulativo no están vinculadas, por ejemplo, con que las parejas opten por no tener hijos.

           El desembarco de estas éticas también perturba a las artes plásticas; negar esta realidad es pretender un sistema desmembrado, desquiciado. Tanto como pensar que un diccionario pueda ser una obra literaria, o que la rienda suelta que tuvo la industria tabacalera no es la libertad de empresa y que los excesos de la industria farmacológica no sea algo que también les puede ocurrir a las artes. ¿Por qué aislar a las artes del resto del sistema? La única explicación que le encuentro es que aislándola se hace con ella lo que se intenta hacer con todo: enmarañarlo, y se sabe que cuando uno lo concibe como totalidad, le va a demandar que conserve sus características originales, que no pierda el carácter que le da validez, entidad, que no funcione como un objeto más, o sea, que juegue su intrínseco juego y no el juego de la banca.

           Todo esto parece paranoico o tardío, pero de este modo se suele desacreditar un  pensamiento que no se encuentra alineado y darle ese tufillo fracasado, anticuado.

           Además, coexistimos con un feroz deseo de conocer el éxito y la angustiosa dinámica de tratar de no perder el paso, entonces gran cantidad de talentosos se suman a esos andenes hasta que fracasan. Ningún chico de Salta va a llegar a ser un Michael Jackson, su fracaso está asegurado y eso sirve al sistema: los buenos están en otro lado. Los pocos de la periferia que acceden a alguna forma de éxito, siguen siendo de segunda, y cuando fracasan, cambian de posición, revén, entienden, pero ya tienen el estigma. Su discurso está teñido de un tono de impotencia. La laboriosa dinámica de conservación del poder hace sentir que uno es menos y que se lo merece, hace perder el humor, la alegría y se sabe que para utilizar a un pueblo lo primero es entristecerlo.
           La historia del becerro de oro* tiene, según quien la interpreta, varias lecturas.
Ella cuenta que “mas viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte”, y sintiéndose desamparado, construye y adora al becerro. Al hacerlo, el pueblo es condenado, según distintas interpretaciones, no sólo por su sometimiento a nuevas idolatrías paganas, sino también por haber creado una fiesta de unos pocos para que fuera contemplada por una mayoría. De ser así, lo que se estaría castigando es fomentar mayorías pasivas, contemplativas. Este es el juego, que no parece alterar nuestra serena dicha doméstica. Mejor entonces playing the play que “jugando el juego”. También se podría entender como “hacer funcionar el juego”. El funcionamiento exige la participación y lo aceptamos, del mismo modo como aceptamos que los americanos son ellos o hablamos genéricamente del “hombre” forzando la inclusión de la mujer.
          Frente a este panorama, nos queda una herramienta: no agotar nuestra reserva de humor. Tal vez con la picardía todavía podamos alterar las reglas de este juego.

 

 

Omar Estela

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           * La Historia de Moisés y la ley se encuentra en el libro del Éxodo. La secuencia del becerro comienza
en el capítulo 32.

           Éxodo 32:1-6 Mas viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, allegóse entonces a Aarón, y dijéronle: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, aquel varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido. 2 Y A arón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, y de vuestros hijos, y de vuestras hijas, y traédmelos. 3 Entonces  todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que tenían en sus orejas, y trajéronlos a Aarón. 4 El cual los tomó de las manos de ellos, y formoló con buril, e hizo de ello un becerro de fundición.

Entonces dijeron: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto. 5 Y viendo esto Aarón, edificó un altar delante del becerro; y pregonó Aarón, y dijo: Mañana será fiesta a Jehová. 6 Y el día siguiente madrugaron y ofrecieron holocaustos, y se presentaron pacíficos: y sentóse el pueblo a comer y a beber, y levantáronse a regocijarse. (AVRV)