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Estando en Chile me tocó vivir un temblor, algo que para un inexperto es toda una observación. Más tarde me enteré que un edificio de varios pisos se había derrumbado y comenzaron las especulaciones en los periódicos y la televisión. Fue entonces cuando descubrí el tema de la resonancia: un ingeniero explicó lo que pasa con las ondas y su trasmisión por los sólidos, en este caso, la Tierra. La onda sube por el edificio y depende de su tamaño para convertirse en un mejor o peor receptor de esa señal; lo comparaba con las antenas de la radio FM y explicaba que según la extensión de la antena, la  recepción es más o menos eficiente. O sea que hay una longitud para cada frecuencia, lo que echaba por tierra cantidad de argumentos del tipo de mala construcción, etc.

           Con el tiempo pude agregar más ideas a este concepto y descubrí que en la música se experimenta todo el tiempo el tema de la resonancia. Un ejemplo es que en una guitarra afinada, cuando uno toca la cuerda gruesa, el mi, y después la apaga o sea la toca para que deje de vibrar, las demás cuerdas siguen sonando producto de la resonancia con la bordona.
Me enteré también de que es un principio sonoro el que, cuando se tocan muchos  instrumentos, cada uno, además de sonar por sí mismo, está resonando a los demás, o sea que dos instrumentos juntos suenan más que dos. Después descubrí que este principio de la resonancia se da en los seres humanos y que saberes asimilados por varias generaciones, a las nuevas les resultan más fáciles de aprender. Por ejemplo, si a niños de la China les enseñan canciones infantiles nuevas y tradicionales, aprenden con mayor facilidad las tradicionales.
Hay ejemplos también en química: después de sintetizar un elemento por primera vez, se comprobó que al repetir la síntesis, se tarda cada vez menos tiempo.

           Entiendo que este un fenómeno maravilloso de nuestra especie y que seguramente en todas debe funcionar algo semejante. Estar atento a qué cosas nos resuenan sería un modo de aprender y probablemente ser más sabio.

           Pero siguiendo con Chile, hay otro fenómeno que es la réplica: después de un evento sísmico suceden espaciados en el tiempo sismos de menor intensidad, algo así como el eco del fenómeno. Pensaba entonces en la similitud con el fenómeno cultural y me preguntaba cuáles son resonancias y cuáles réplicas. Pensaba que en estas culturas neocoloniales la reproducción del poder tiene más de réplica que de resonancia. Recuerdo en la Escuela de Bellas Artes gente pintando lo que se podría llamar arte pop, recuerdo que pintaban cuadros con sopas Campbell como si nosotros hubiéramos sufrido esa fatiga visual. Pero no solo había alumnos pintando eso, sino también una institución que los albergaba conceptualmente, con todo lo que significa. Creo que es más fácil replicar una cultura en forma pasiva que resonar una cultura. Para que esto suceda, lo mínimo requerido es que el instrumento esté afinado.

           Lamentablemente como negamos nuestra situación inicial de país colonia parece que la única chance que nos queda es la tristeza de ver un chico en Salta negando lo que le resuena para no ser un perdedor, y sumándose a un discurso que, aunque ajeno, parece ganador. Así también vemos a nuestros roqueros haciendo un esfuerzo para que lo que cantan no parezca castellano. Esa afectación es infecunda. Por eso, casi todos los países imperiales lo son en casi todas las expresiones culturales. Un país en expansión utiliza el arte para garantizar su fenómeno de expansión. Es una fatalidad: detrás de un gran artista generalmente, además de una gran mujer, hay un hermoso país, o por lo menos, una vocación de entidad.

 

 

Omar Estela