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Leyendo un texto de antropología, encontré una descripción posible del valor de la palabra.
Se refería a un trabajo realizado en el Matto Grosso, con un grupo de aborígenes que no habría tomado contacto con el hombre occidental. Entre otros descubrimientos, los investigadores advirtieron que estos no contaban con la palabra para designar el color violeta. Entonces los ponían ante la necesidad de nombrarlo, por ejemplo, cuando aparecía un arco iris les pedían que identificaran los colores que veían, al pasar del rojo al azul, saltaban el violeta, algo así como nosotros al pasar del amarillo al naranja no reconocemos un color intermedio. Claro que con el violeta, el salto es mucho más exigido. Conclusión: cuando no tenemos palabras para designar algo tendemos a obviarlo. No sé si es esto es verdadero pero sí es un disparador de ideas.
           Pensé entonces que a un ser se lo puede considerar primitivo, según la cantidad de palabras que utiliza. Además podemos imaginarnos la falta de sutileza, de agudeza en aquello que describe. Por ejemplo, una persona que no maneja el término angustia, cuando se refiere a ese sentimiento ¿qué usa? La palabra miedo, y debería usar la misma para referirse a dubitativo o inseguro. O sea que la cantidad de palabras con las que se cuenta determina que se construya mejor un pensamiento. Otro aspecto del tema del uso de las palabras trae otro relato. La palabra aportar, aparentemente aparece cuando la sociedad se organizaba en forma tribal y construía en su entorno un cerco de protección con un portal de ingreso especialmente defendido. En ese período se practicaba el robo de hembras; las cautivas, como no venían por propia voluntad, eran levantadas y entradas a la fuerza. De ahí la costumbre casi contemporánea y en desuso de alzar a la esposa cuando se ingresa por primera vez a la casa marital. Ese macho “aportaba” una hembra a la tribu, ahora si alguien dice de algo que no le aporta nada, antes de conocer esta historia resultaba mucho menos significativo que ahora que lo sabe.

           Lo que intento destacar es el peligro del uso del lenguaje abstracto; las palabras pueden ser mucho más significativas si son figurativas, y al tener esa energía la construcción del pensamiento se vuelve mucho más relevante.
           Si podemos agregar más colores y más saturación a nuestra paleta, ¿no estamos enriqueciendo nuestras conceptualizaciones, nuestra imaginación? Cuando un artista no puede expresar cuál es su idea sobre su hacer, ¿no está mutilando sus posibilidades?

           Los lingüistas tienen entre manos una situación envidiable. Si bien tampoco se sabe si su teoría es verdadera lo importante es que la tienen bien contada. Es su oficio, para ellos todo es un lenguaje y puede ser interpretado como tal. Arrancan con la explicación de lo que es un alófono, un fonema: un grupo de letras que puede sonar ma, so o li, sílabas; la suma de sílabas dan morfemas, unidades mínimas significativas, o sea que han dejado de ser sonidos para tomar forma: casa, tía, mesa; y la suma de morfemas dan sintagmas: la mesa de la casa de mi tía. Si lo trasladamos a la arquitectura y la consideramos un  lenguaje, el barro podría ser un fonema, otro la lona, otro la paja; el morfema podría ser la pared de barro más la paja, el adobe. Otro morfema: la pared de determinadas proporciones con puerta de lona; otro el techo a dos aguas de paja; el sintagma podría ser: casa humilde del norte argentino. La arquitectura de aeropuertos da otro sintagma: el vidrio, el acero, el mármol, son los fonemas; las paredes vidriadas sostenidas por estructuras de acero podrían ser los morfemas y la suma de estos podrían armar el edificio del aeropuerto. Si este esquema lo volcamos a la escultura podríamos observar que la piedra, la madera, el hierro, la resina podrían ser los fonemas; los morfemas serían cada escultura realizada con un material o la suma de ellos; el grupo de obras de un escultor sería el sintagma; por ejemplo, la obra de Libero Badii. Mientras que la obra de Juan Carlos Distéfano produce otro sintagma. El problema surge cuando vemos cantidad de obras que sin duda son morfemas pero que no llegan a producir un sintagma, porque la cantidad no es garantía.
           Si unimos el valor dado a las palabras con la construcción de sintagmas, podríamos concluir que es artista quien produce un cuerpo de obra, o sea, construye todo un modo de expresar, de manifestar, de relevar. 

 

 

Omar Estela