Sólo quienes logren inundar su alma con la penumbra y la incertidumbre de aquel siglo, podrán comprender la sorpresa y el entusiasmo que embargó a una generación cuando los primeros contornos de un mundo insospechado empezaron a dibujarse sobre un ámbito que hasta entonces no tenía confines. Stephan Zweig


          Colón, que hasta la hora de su muerte vivió en la ilusión de haber llegado a las Indias, al poner pie en Guanahaní y en Cuba, hizo, mirándolo bien, que el cosmos se presentara más estrecho a sus contemporáneos, justamente por causa de esa ilusión.  Vespucio, que invalidó la hipótesis de que el nuevo continente fueran las Indias y afirmó categóricamente que era un nuevo mundo, fue el que introdujo el concepto nuevo y válido hasta nuestros días.

           En este sentido, Vespucio remató el descubrimiento de América, puesto que todo descubrimiento, todo invento, llega a tener valor no sólo por quien lo realiza, sino por quien reconoce su sentido, su eficacia; si Colón tiene el mérito de la acción, a Vespucio le corresponde el mérito histórico de haberla interpretado. “A la manera de un intérprete de sueños –sigue diciendo Zweig– puso en evidencia lo que su precursor había descubierto como en estado sonámbulo.”
           
Estas palabras, pocas pero decisivas, hacen del texto de Américo Vespucio, Mundus Novus, un documento memorable para la humanidad, de tan sólo 32 páginas.

           Tal vez pueda parecer extravagante utilizar personajes tan significativos para meditar sobre el fenómeno de la escultura o la plástica, más específicamente, pero lo cierto es que es una metáfora demasiado reveladora como para no utilizarla.

           Este estado de sonambulismo creativo en que nos encontramos casi fatalmente es  producto de conceder la reflexión, de abandonar en manos de especialistas el intento por definir el presente. La realidad nos propone una disposición a la autocensura, nos impone estar acorde con una armonía en la que no debemos desentonar, nos coloca en un no lugar. Se nos induce a ser creativos en ese infecundo no lugar, dentro de pautas finamente establecidas. El arte contemporáneo en las periferias se desarrolla sumiso de la peor forma, porque aparentemente nada nos obliga a hacernos cómplices del secuestrador. No sólo se nos insta a componer en la tonalidad propuesta, sino que, además, debemos bailar al compás y, como si esto fuera poco, hay que consentirlo, con la alegría de que de ese modo, dejaremos de ser rehenes. Así sentimos que pertenecemos, no vamos a ser artistas nacidos o criados en los entornos. A riesgo de que parezca anacrónico y tal vez lo sea, pero de otra forma, la opción civilización o barbarie sigue teniendo plena vigencia. En la repetición del fenómeno −y he aquí el verdadero anacronismo−, queremos sumarnos a otra constelación cultural.
           Lo que le sucedió a Sarmiento, ¿no fue lo mismo que le ocurrió a Colón?
Creerse ubicado, erróneamente, en otra constelación cultural sin reconocer la propia. El anacronismo, ¿no será creer que la disyuntiva está superada, no será esta la irrefutable ausencia de memoria? ¿Sarmiento no sufre por emular a Colón?
           Nuestro andamiaje teórico no está viendo Guanahaní, está creyendo ver Asia según el sonambulismo artístico en que nos movemos como rehenes de un éxito que se sabe ilusorio. Al creer en esa utopía, ¿no será la hibridez intelectual, sumada a la complacencia clásica de quienes se mueven como artistas, yunta habitual, lo que nos lleva a la estrechez de cosmos, a no poder interpretar la presencia del Mundus Novus?  

 

 

Omar Estela

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