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El barrio que tiene el honor de albergar un taller, participa de su misterio.
          La vida sucede siempre en espacios. Un matrimonio puede verificarse en tantos años compartidos en tales habitaciones; los hijos son tanto tiempo al lado de uno hasta que se les copian los gestos; la vida se da en espacios; los recuerdos de infancia de la casa, del barrio, del país, se graban en lo que llamaría la memoria espacial. Las ciudades que voy conociendo me van mostrando distintas posibilidades de habitar el espacio, de residir en él.
          En mi vida de escultor hubo lugares absolutamente determinantes: el monte, la cantera, el aserradero, el río, el mar, el taller. Es curioso que al área central de las templos se las llame nave; los talleres también tiene su nave y si lo pienso bien creo que siempre viví en una nave. También podemos considerar a la Tierra una nave, ahora sin ir tan lejos cualquier nave tiene un espacio que le da sentido: es la bodega y cualquiera que vea la bodega tendrá esa sensación de taller, de área de trabajo protegida, cuidada.
La función de la bodega termina definiendo la forma del barco, a qué puertos puede ingresar para qué va a servir, su destino. La similitud es reveladora. Es muy claro en el caso de un barco, entre el afuera y el adentro hay un umbral definitivo, pero en taller también, ambos tienen algo de cueva, de caverna, del placer de la protección contra la adversidad. Tienen, a su vez, las paredes altas, esa estética de la necesidad, la iluminación cenital, nada superfluo, la tranquilidad que da la ausencia de caos. Hay en ellos un orden auténtico, todo nos convoca hacia lo esencial, lo fundamental en lo cotidiano, es el lugar donde pivotean nuestras iniciaciones.
          Dentro de estos espacios hay zonas espacios parciales que se prestan para distintas situaciones, por ejemplo, en el taller, la proximidad con la calle, estar trabajando pero escuchar a la vecina, la frenada. O la parte trasera que es más silenciosa y tiene otro olor, otra luz, otra temperatura. En el barco, estar cerca de la sala de máquinas es muy distinto que estar en la proximidad con la proa donde se escucha el agua romper contra el casco.
La bodega se mueve distinto según donde estés ubicado; en los talleres siempre hay una parte sucia y, con suerte, una limpia pero también hay una más pública y otra privada.
          Llama la atención cómo se va conformando la caverna y la vinculación entre los momentos del proceso de hacer una obra y los lugares en los que va sucediendo. Hay que aprender a entrar en la sombra para tener la fuerza de hacer nuestra obra. Extrañamente, hay quienes piden espacios para trabajar dentro de marmolerías o aserraderos o que tienen un taller aquí y otro allá. Es como pedir un espacio prestado para su ingenuidad, es como no creer en la gravedad, funcionan como tímidos refugiados que ignoran los valores de la intimidad, desconocen la necesidad de que el inconsciente se encuentre albergado. Por lo general, a estas situaciones no se les quiere dar la importancia necesaria.  Creo que esto ocurre porque hay una sobrevalorización de las ideas.
          Algo parecido a lo que sucede con el taller sucede también con las herramientas, se las considera única y pobremente en su posibilidad de uso, no como una extensión del cuerpo. El que las pide prestadas no siente esa prolongación, ni siente al instrumento como mediador para realizar una obra. La sabiduría popular del trabajo dice con razón: “en este taller no se prestan herramientas, ni se presta espacio”. Pedagogía aplicada. 

 

Omar Estela